Charlamos con los trabajadores de la Cooperativa de Trabajo
“La nueva esperanza”

El próximo libro de nuestra Editorial Muchas Nueces, se llama “Otto, el globo que pinchó al miedo”. Nos pareció lindo llevarles una copia del pdf a los trabajadores de la Cooperativa de Trabajo “La nueva esperanza”, que se dedica a fabricar globos y de paso charlar un poquito del proceso que los llevó a recuperar su trabajo.

La empresa Global SRL, se dedicaba a la fabricación de globos. La jornada laboral era de ocho horas, con un descanso para comer, y el timbre anunciaba a los cuarenta y dos operarios, el regreso a casa. Atravesando el mejor momento de producción, los dueños de la empresa decían que todo andaba mal. Una vez, la secretaria, comentó la idea de mudar la fábrica a Talar de Pacheco.

Como todos los lunes, los operarios fueron a la fábrica y se encontraron con una situación fuera de lo común: el portón estaba cerrado. Hablando con un vecino se enteran que el fin de semana entraban y salían camiones todo el tiempo. Algunos saltaron el portón y confirmaron que dentro de la fábrica no había nada. Se habían llevado todo. “Nos cortaron las manos”, pensaban los trabajadores. Resulta que las máquinas son como una prolongación de las manos de los trabajadores, por eso se sentían así. Les habían cortado y robado las manos. Con la edad que tenían, ¿dónde iban a conseguir otro trabajo?

Recordando la charla con la secretaria de la fábrica, proponen ir para la zona fabril de Talar de Pacheco. Era un febrero bien caluroso. Preguntaban por todos lados, bajo la atenta y desconfiada mirada de la seguridad privada de los establecimientos. Ya decididos a abandonar la búsqueda, preguntaban, preguntaban, y nadie sabía nada. En eso ven a un barrendero y le preguntan si había visto algún movimiento. El barrendero hizo memoria y no, no había visto nada, pero sugirió que vieran un galpón y enfáticamente les dijo que si no era ese, que se olvidaran. 10918860_317134578486129_558268410_o

En el portón de un depósito muy grande, había un cartel que decía “Prohibido pasar”. No se llegaba a ver qué había dentro pero las huellas de camiones en el suelo, les generaban dudas. Pegan la vuelta pero sin ganas de irse, cuando en un poste de luz ven unas bolsas negras y se les ocurre mirar… desatan las bolsas y ta-tan ta-tan… encuentran papeles de la empresa, facturas, globos y listo, esa era la fábrica. Llega el momento de emprender la retirada para no llamar la atención.

Comienza la cadena de llamados y los dieciocho operarios que quedaban ponen una carpa en la puerta del establecimiento. Hicieron la denuncia en el Ministerio de Trabajo, pidiendo que restituyan las máquinas y les dijeron que esto iba a solucionarse rápido y nunca antes les había llegado una denuncia así. Y colorín colorado el Ministerio nunca apareció por el establecimiento.

Con los dueños desaparecidos, fueron a ver al juez y el juez nada. Pasó Navidad, pasó año nuevo y ya iban once meses de carpa. No había plata ni para agua y se aseaban en una estación de servicio que los dejaban. “¿Cómo íbamos a traernos las máquinas, los compresores? Sin un papel, nos iba a agarrar la policía y nos iban a quitar todo”, pensaban los trabajadores. En eso se ponen en contacto con la fábrica IMPA, y hablan con un hombre canoso, llamado Eduardo Murúa. Se ve que este señor canoso tiene espíritu de niño porque cuando le contaron la situación les dijo “Hay que jugarse, ya. Preparen todo que nosotros los ayudamos.”

Ya volviendo con las máquinas, cortaron la calle y la noche ya los estaba atrapando. La policía tenía más ganas de atrapar a los trabajadores y llegó con sus patrulleros. Unos bajaban las máquinas y otros aguantaban a la policía. 10 de enero de 2005 es la fecha cuando las máquinas regresaron a la fábrica. Las manos de los trabajadores también.

Adentro ya había nuevos desafíos: conectar la luz, el gas, demostrar que los trabajadores sí pueden gestionar una fábrica. Primero limpiaron, instalaron cada máquina, cada compresor en su lugar. Luego conseguir clientes, llevar muestras, fabricar poquito, vender y reinvertir. Tres meses trabajaron sin llevar un peso a casa, o tal vez sin poder entrar a casa. Quienes tenían nenes chiquitos, tenían un sufrimiento extra porque cuando un trabajador llega a casa, lo que dicen los chicos es “viniste papá, qué me trajiste”. Esa sensación se sentía más en los tiempos de la carpa.

Rozando el décimo aniversario de aquel diez de enero, trabajan con el 85% de los clientes con que trabajaba la patronal. Hoy son treinta y cinco trabajadores y trabajadoras, a dieciocho de los cuales se les reconoce una categoría distinta por haber puesto el cuerpo.10906956_317134545152799_1849746040_o

Un día de 2006 a eso de las once de la noche la legislatura porteña votó la expropiación a favor de la cooperativa de trabajo que conformaron, llamada “La nueva esperanza.” Cuando IMPA tuvo problemas, estuvieron ahí para acompañarlos, y asisten a encuentros de fábricas recuperadas.

 

Emilio, el presidente de la cooperativa sostiene “los globos que hacemos nosotros, son para los chicos, esa es la alegría en un cumpleaños, en un cumpleaños no puede faltar un globo. Los chicos se ponen muy contentos”.

Mientras la Cooperativa de Trabajo La Nueva Esperanza cumple diez años, Otto entra a imprenta. A una imprenta recuperada por sus trabajadores, por suerte: La imprenta Chilavert Artes Gráficas.